«Sólo la inteligencia se examina a
sí propia. La piedra cae sin conocer su caída; el rayo calcina y
pulveriza, ignorando su fuerza; la flor nada sabe de su encantadora
hermosura; el bruto animal sigue sus instintos, sin preguntarse la razón
de ellos; sólo el hombre, esa frágil organización que aparece un
momento sobre la tierra para deshacerse luego en polvo, abriga un
espíritu que, después de abarcar el mundo, ansía por comprenderse,
encerrándose en sí propio, allí dentro, como en un santuario donde él
mismo es a un tiempo el oráculo y el consultor. Quién soy, qué hago, qué
pienso, por qué pienso, cómo pienso, qué son esos fenómenos que
experimento en mí, por qué estoy sujeto a ellos, cuál es su causa, cuál
el orden de su producción, cuáles sus relaciones: he aquí lo que se
pregunta el espíritu; cuestiones graves, cuestiones espinosas, es
verdad; pero nobles, sublimes, perenne testimonio de que hay dentro de
nosotros algo superior a esa materia inerte, sólo capaz de recibir
movimiento y variedad de formas; de que hay algo que con su actividad
íntima, espontánea, radicada en su naturaleza misma, nos ofrece la
imagen de la actividad infinita que ha sacado el mundo de la nada con un
solo acto de su voluntad».
(J. Balmes, Filosofía Fundamental, I, cap. 1, § 4).





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